Simbología del corazón

Símbolo: yolótl, HRiD

Representación:

La palabra que designa al corazón en sánscrito es hrid. Según el médico y poeta chileno Hernán Baeza, esta palabra significa «saltador» y hace referencia a los saltos que da el corazón en el pecho en respuesta a los esfuerzos y a las emociones.

Al parecer, una variante de la palabra hrid, que los griegos pronunciarían krid, luego kridía y más tarde (por metátesis) kirdía, dio lugar al término griego καρδια y al latin cor. Cuando el latín vulgar evolucionó hacia las diferentes lenguas romances, casi todas ellas denominaron al corazón con esta última palabra o con vocablos derivados de ella. Corazón en náhuatl se dice yolótl, cuya raíz viene de yoli, que significa “vivir”. Así, al referirse al corazón, directamente se hacía referencia a la vida misma.

Desde el punto fisiológico, el corazón es un órgano muscular auto-controlador de forma cónica. El latido se compone de dos movimientos: sístole y diástole. La fase diástole es el momento de relajación del corazón cuando se llena de sangre a la que luego impulsará dentro de la fase sístole, en este momento el corazón se contrae y reparte la sangre por todo el organismo. El corazón es, por tanto, un órgano muy importante para el cuerpo humano y prácticamente es el que hace más esfuerzo  de todos los órganos vitales de nuestro cuerpo.

El corazón se ha visto como el centro, el motor o el núcleo de todo ser y aparece como símbolo opuesto a todo lo que refiere al raciocinio y el control.

El hombre es un mundo pequeño –un microcosmos dentro del gran universo. De acuerdo con un concepto de la sabiduría antigua, todos los cuerpos -sean espirituales o materiales- tienen tres centros, llamados por los griegos el centro superior, el centro medio, y el centro inferior. Arriba está el espíritu; abajo está la materia. El último concepto está expresado en parte por el vértice de un cono que, cuando es visto desde arriba, se ve como un punto en el centro exacto de la circunferencia formada por la base del cono. Se ha considerado como el templo de la presencia de Dios en el hombre, y se dice que es ahí donde habita oculta la chispa de la divinidad. En este sentido, el corazón es el Sol del microcosmos. En otras palabras, el corazón es un símbolo de la sede de nuestras más profundas emociones y el depósito de todo lo bueno y malo en nosotros. No sólo gozaba de un lugar preeminente en el área de la emoción, sino también se pensaba que era el asiento del intelecto y de la facultad de razonar.

Se ha considerado como el asiento/timón del Alma, en el que la Divinidad esconde el mayor tesoro de nuestro interior, es la intermediación entre el mundo espiritual y el mundo terrenal, anima cordis mundi, mundo del Alma y del corazón. Por tanto, tradicionalmente se representa al corazón y el Alma como un solo y mismo elemento que permite que la Divinidad more en nuestro interior.

En este sentido, el corazón es el lugar en que se operan las transformaciones alquímicas que alimentan al Alma en su camino de regreso al Absoluto, y a su vez, permiten que la Divinidad se manifieste en el mundo. Estas transformaciones son el resultado de los avances que se van dando dentro del Camino del Autoconocimiento, que paso a paso nos conducen, siempre de la mano del Ser, hacia la Iniciación. Los méritos del corazón son aquellas transmutaciones interiores que cambian nuestro interior, liberando a la Conciencia de su estado de adormecimiento. Dichos méritos son el desarrollo y purificación del Alma que trae consigo el Despertar de la Conciencia.

Su representación iconográfica en forma de triángulo invertido hace de él un recipiente donde descienden y se depositan, los efluvios celestes que vivifican la totalidad del ser individual, haciendo posible que éste tome verdadera conciencia de su Ser Arquetípico.

Por otra parte, el corazón ha rivalizado históricamente con el cerebro como el órgano de la memoria y de la meditación. No en vano los ingleses dicen que “aprenden de corazón” lo que confían a la memoria. En la misma palabra recordar está la raíz latina cor/cordis, que da fe de su vínculo con la memoria.

El corazón en la antigüedad.

Una de sus primeras manifestaciones conocidas data del final del período paleolítico vista en El Mamut de la cueva de El Pindal, en Asturias, pintura rupestre que muestra un gran corazón rojo pintado en el centro del animal. No se conoce si el hombre paleolítico lo pintó para señalar el lugar ideal para dirigir las flechas a fin de abatirlo, queda en el pensamiento de que ya entonces existía la idea de que en el corazón estaba la fuente de la vida.

Rastrear los orígenes de este icono no es tarea sencilla y aún hoy no se está seguro de dónde proviene. Uno de los antecedentes más antiguos son los egipcios, quienes usaban la palabra Ib (que significa corazón) en conjunto con otras para denotar emociones. Por ejemplo, utilizaban la conjunción Awt-ib (literalmente “grandeza de corazón”) para decir “felicidad”, otro ejemplo es o Xak-ib (literalmente “truncado del corazón”) para decir “separado”.

La escritura hieroglífica egipcia representa el corazón por un vaso. Ellos pensaban que cuando una persona moría, su corazón era sopesado durante el juicio final en una balanza contra la pluma de la verdad de la diosa Ma’at. Si la persona había tenido buenos sentimientos y había llevado una vida virtuosa, el corazón pesaría lo mismo que la pluma y disfrutaría de la vida eterna.

También se relaciona con el santo Grial ya que el triángulo invertido es una representación del cáliz y también es símbolo del corazón.

El corazón en el México prehispánico.

Frecuente en las religiones se ha relacionado los sacrificios de sangre -de animales y a veces también de seres humanos- con el merecimiento propiciatorio del perdón, la obtención de algún bien o la acción de gracias. En el cristianismo, es dogma fundamental la creencia de que la redención del género humano se ha obtenido por el sacrificio sangriento, humano y divino, de Jesús. Éste, en la última cena, trasmitió a sus discípulos el encargo de reactualizar ese sacrificio consumiendo el pan y el vino transubstanciados en su cuerpo y en su sangre.

En el universo sagrado del México antiguo, como en otros contextos religiosos, los sacrificios sangrientos de animales y seres humanos, concebidos siempre en relación con aconteceres primordiales, se realizaban en determinadas celebraciones a lo largo del año. De esto hay testimonios abundantes, tanto en monumentos, como en antiguos libros indígenas, hallazgos de restos humanos, y expresiones de quienes los contemplaron en los años de la Conquista. En los relatos cosmogónicos que se conservan en náhuatl se refiere que los dioses se sacrificaron a sí mismos para transmitir la vida a los humanos. El corazón y el agua preciosa, chalchíuhatl, que es la sangre, se conciben inextricablemente ligados a la vida. El corazón era, según lo muestran la lengua misma y la literatura indígena, la fuerza vital por excelencia. Ofrecerlo a la divinidad -como lo reconocieron frailes misioneros, entre ellos fray Bernardino de Sahagún y fray Bartolomé de Las Casas- fue acción de religiosidad. Ofrendaban su vida a quienes habían hecho posible, con su propio sacrificio, la existencia del mundo y de cuanto hay en él.

Simbolismo planetario y energético del corazón.

En la tradición hindú, el corazón, se relaciona al plexo del corazón y se representa gráficamente éste centro de energía (chakra) como un ciervo o antílope en actitud de saltar.

El corazón está ligado al Sol porque éste es el centro del universo y análogamente, como se mencionó anteriormente, el corazón es el Sol del microcosmos.

También el simbolismo del Sol posee una estrecha relación con el simbolismo del pan, ya que el trigo es junto a la vid las plantas de mayor carga vibracional del reino vegetal, y las dos son plantas solares.

Por otra parte se relaciona con el arcángel Miguel porque posee la “primacía” del reino angélico. Su nombre significa “quien como Dios”.

En magia se dice que él es regente del Sol dado que representa lo más elevado del reino de los ángeles. En el orden del microcosmos, de la persona humana, es el regente del plexo del corazón ya que éste es el templo de la presencia de Dios en el hombre.

Por su relación con el Sol al arcángel Miguel se le adjudica el día Domingo, es regente del elemento fuego y por tanto jefe supremo de los espíritus elementales llamados Salamandras.

Empuñando su espada, cuando un ser muere, él es quién protege a las almas de los ataques de las fuerzas de oscuridad y se dice que en el momento de la muerte, cumple la función de sacerdote separando el alma del cuerpo del difunto.

Al ser el regente del Sol y por tanto del corazón a él se acuden para la solicitar salud en general, para superar la tristeza y sobre todo en casos de pérdida de la vitalidad, enfermedad de los ojos, infertilidad masculina o cuando se está en riesgo grave de perder la vida. A él se solicita el reconocimiento de la presencia de Dios dentro de nosotros además de protección espiritual.

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