Strophalos de Hécate, un laberinto hacia el universo

Si miras el abismo durante largo rato, el abismo también te mirara a ti. -Nietzsche

El humano siempre se ha destacado por ser contemplativo, por observar, por descubrir y por estudiar todo aquello que de cierta forma es desconocido para él, siempre con la intensión de desentrañar y dar significado a lo que le rodea, y algo que siempre nos ha cautivado y causado intriga es el vasto y eterno universo, su composición, su forma, su movimiento, su nacimiento, crecimiento y su fin.

Desde eras antiguas, las civilizaciones han tratado de dar una interpretación y significado a cada uno de los movimientos estelares observables:  día, noche, años, clima, mareas, el ciclo lunar, los eclipses, el cultivo, los equinoccios y los solsticios, etc. Cada una con su singular representación folclórica.

Si bien, antaño existo una civilización que observo con detenimiento el cosmos, y paso a establecer las bases de lo que hoy conocemos como astrología. Situados hace 1,000 a.C los caldeos fueron una tribu semítica aristocracia, superior a los demás pueblos, asentados en el extremo sur de las cuencas del Éufrates y el Tigris, en la antigua Mesopotamia. Herederos de las culturas sumerias, estos destacaron principalmente por sus conocimientos de astrología y matemáticas. Los caldeos fueron genuinos científicos, quienes, a pesar de no poseer instrumentos ópticos, obtuvieron un éxito sorprendente, hasta el punto de que la palabra “caldeo” pasó a ser sinónimo de “astrónomo” y “adivino”.

Comenzaron efectuando grandes acumulaciones de hechos, como el suponer que el curso de las estrellas y los sucesos naturales eran regulares y, por lo tanto, predecibles. A si, también, clasificaron las formaciones de estrellas en constelaciones, doce, de las cuales formaban lo que ellos llamaron zodíaco. Decidieron que existían doce señores celestiales, consejeros de los dioses, cada uno de las cuales presidía en un mes a un signo del zodiaco.

Partiendo de este hecho, existen algunos textos fragmentarios del siglo II d.C, los cuales se cree que proceden de la región de Caldea, la cual aparece una combinación sincrética de elementos neoplatónicos con otros de origen persa o babilónico con consistentes comentaros griegos, sin embargo, su origen es aun desconocido. Su interpretación actual es en gran escala muy general sobre la descripción del contenido de este, sin embargo, hay uno de los misterios que encierra este documento el cual versa esencialmente en el significado de una pictografía, esta condensación del pensamiento se atribuye a una deidad muy recurrida desde tiempos antiguos: Hécate.

Hécate es una de las deidades con mayor devoción dentro de varias doctrinas ocultistas, a la cual se le han dado varias representaciones; El Strophalos de Hécate, o el Laberinto de Hécate es un símbolo mencionado en los oráculos caldeos, que se asocia a un laberinto serpentino alrededor de una espiral.

¿Pero porque este símbolo de Strophalos alude específicamente a Hécate?

En primera instancia habremos de construir la imagen del Strophalos, el cual es un trompo o una rueda, usado comúnmente en la magia. Este círculo especialmente encierra un laberinto serpentino con tres pestañas principales, que a su vez se encuentra a alrededor de un espiral de fuego central.

Sello de cerámica, strophalos, 8 cm x 6cm x 3 xm, diámetro 2.3 cm Museo Arqueológico de Argos.

Este laberinto encierra un misterio más haya que solo una simple representación de la imagen de la diosa. Por lo que pudiera referir a la sincretización de varios elementos que refieren a la composición del mismo universo, un universo complejo y extenso, repleto de entidades incognoscibles, inefables y predestinadas las cuales nos rodean y por lo cual nos encontramos sujetos a nuestra propia naturaleza.

Remontemos a los Oráculos Caldeos, que describen a detalle la composición de los Strophalos de Hécate.

Basado en la “Exposición capitular de los dogmas caldeos.”  de Miguel Psello, el cual realiza una síntesis de la cosmovisión caldea, sostiene que existen siete mundos corporales, uno ígneo y elemental, tres etéreos y finalmente tres materiales, de este último se denomina el terrestre y enemigo de la luz; se trata de la región sublunar, que encierra en sí, además, la materia, que denominan abismo.

Ahora bien, la composición de estos mundos sitúa en la cima de la realidad al Padre, esencialmente incognoscible, enclaustrado en su intrínseca naturaleza, que se extiende desde su mismidad irrevelable a la potencia o posibilidad total indistinta que puede manifestarse intelectualmente. El seno del Padre, inmóvil, silencioso, da nacimiento a un vástago de su misma naturaleza, que es el intelecto o el Nous paterno, la totalidad intelectual. Este intelecto se mira así mismo, pero también tiene capacidad activa, en este sentido es agente. El intelecto agente tiene el mundo como sujeto de producción, pero lo que se despliega es un cosmos viviente como un arquetipo cósmico inmutable que, morando en la fuente de la vida total (Hécate), es puesto en movimiento por el “más allá dualmente”, que conoce y actúa externamente. La tierra se encuentra como centro del universo de siete esferas omphalos del sistema, y el sol como centro orgánico vital, el corazón.

En este contexto, la figura de Hécate, el Alma del Universo o Magna Mater, es fundamental por ser intermediaria entre lo soberanamente trascendente y el cosmos, ocupa la región hipercósmica, que esta sobre el mundo. Hécate es fuente de vitalidad, como madre virginal, aunque carece de órganos generativos. De su seno proviene toda la existencia hipercósmica y cósmica, en su seno materno se concibe el fuego del hápax epékeina, que ejecuta lo que primero contempla.

Analicemos ahora el esquema metafísico de los oráculos caldeos, el cual comienza con una deidad absolutamente trascendente llamada Padre, con quien reside el poder, un principio productivo del cual parece que procede el intelecto. Este intelecto tiene una doble función: contemplar las formas del reino puramente intelectual del Padre, y elaborar y gobernar el reino material. En esta última capacidad, el Intelecto es Demiurgo

Los oráculos plantean además una barrera entre el reino intelectual y el material, personificado como Hécate. En la capacidad de barrera, o más apropiadamente «membrana», Hécate separa los dos ‘fuegos’, es decir, el fuego puramente intelectual del Padre, y el fuego material del cual se crea el cosmos, y media toda influencia divina sobre el reino inferior.

De Hécate se deriva el Alma del Mundo, que a su vez emana la Naturaleza, el gobernador del reino sublunar. De la Naturaleza se deriva el Destino, que es capaz de esclavizar la parte inferior del alma humana. El objetivo de la existencia es purificar el alma inferior de todo contacto con la Naturaleza y el Destino al vivir una vida de austeridad y contemplación. La salvación se logra mediante un ascenso a través de las esferas planetarias, durante las cuales el alma desecha los diversos aspectos de su alma inferior, y se convierte en puro intelecto.

Debajo del mundo de la Tríada Inteligible del Padre, la Magna Mater o Hécate, y el Intelecto, se encuentran los tres mundos descendentes uno Empíreo, Etéreo y Elemental. Un Segundo Intelecto Demiúrgico que representa el poder divino en el Mundo Empíreo, un Tercer Intelecto representa el poder divino en el Mundo Etéreo. Y un Mundo Elemental está gobernado por Hypezokos o Flor de Fuego.

Tomando en cuenta la cosmovisión propuesta por los caldeos, nos podemos aventurar a teorizar que esta era una concepción muy temprana sobre el nacimiento del mismo universo. Teniendo en cuenta que el padre se encuentra enclaustrado, como si de un ovillo se tratara, una condensación de energía contenida en el vacío,  su naturaleza es incognoscible e inefable, eclosiona y se extiende,  concibiendo de forma sutil el aliento de vida a través del cosmos, dando la forma a varias galaxias, entre ellas nuestra cuna, la vía láctea como nosotros la conocemos, sin embargo la concepción del sistema planetario se establece un geocentrismo remarcado, donde el sol, la luna y las esferas planetarias forman parte del movimiento de la bóveda celeste.

Los caldeos miraron el firmamento pensando que los cuerpos celestes habían sido puestos ahí por los dioses para el beneficio humano, y que el propósito de su presencia era dar indicaciones sobre la fortuna de individuos y naciones. El universo era una región completamente cerrada. En su concepción la Tierra era semiesférica y se encontraba flotando inmóvil sobre un gran mar o la magna Mater, este espacio estaba vedado para los hombres y requería un permiso especial para navegar en sus aguas, ya que se creía que al navegar a través de este mar jamás podrían volver y solo los dioses podían otorgar en ocasiones muy especiales permiso para cruzar, tal como lo relata la Epopeya de Gilgamesh.

Hécate es la figura con mayor importancia ya que de ella deriva su naturaleza como reina del abismo, de las aguas de la muerte o sencillamente su naturaleza es soportar lo que se encuentra arriba y abajo, de ella corresponde la imitación de la fuerza del padre, o intelecto, ella es quien sostiene la membrana  y quien mueve con fuerza la bóveda celeste, en fin, es la oscuridad más profunda en el cosmos, aquella que hace danzar las estrellas y por la cual ellos pudieron establecer una base de conocimientos mas haya de lo observable. Fácilmente podemos deducir que ellos habían predicho el movimiento de los cuerpos celestes, probablemente haciendo alusión al movimiento de la serpiente, que se enrosca para renacer, a través del cual Hécate guía a la humanidad y a la llama de la propia vida.

Esencialmente este símbolo nos habla sobre la composición del todo, de lo que somos, de estar sujetos a nuestra naturaleza efímera, esclavizados a cumplir nuestro destino porque naturalmente seguiremos siendo arrastrados por nuestro hogar, que no es solo la tierra, sino también el movimiento de nuestra galaxia y todas sus constelaciones, siendo nuestra tarea el entender nuestra existencia y propósito, para ello es necesario observar, recrear e interpretar la escena de la inteligencia cósmica, ya que todo es parte del todo, y somos parte del todo.
El Strophalos entonces nos invita a continuar estudiando los secretos de aquello que nos precede, para encontrarnos nuevamente con Hécate, frente a la puerta, siendo ella reina portadora de las llaves del cosmos eterno.

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