Mitología Vasca

A pesar de la cristianización experimentada por el pueblo vasco en el último milenio y de las persecuciones contra la brujería acaecidas durante los siglos XV y XVI —como el caso de las Brujas de Zugarramurdi, seis de las cuales supuestas brujas fueron quemadas en el auto de fe de Logroño de 1610 o la caza de brujas en el país vasco francés del año anterior dirigida por el juez Pierre de Lancre que ordenó la quema de ochenta supuestas brujas—, Euskal Herria ha conservado numerosas leyendas que dan cuenta de una antiquísima mitología que, aún compartiendo rasgos y elementos con las creencias de los pueblos con los que ha mantenido contacto tanto territorial como temporalmente, por proximidad como por interrelación se presenta único y singular. Así se recogen en los estudios de José Miguel de Barandiarán y de Julio Caro Baroja.

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Por otra parte, estos temas mitológicos se incluyen en el resto del complejo vasco-aquitano, encontrándose el Basajaun en el Pirineo Aragonés o los omes granizos similares a los «gentiles», y referentes a la brujería por todo el Pirineo entre otros.

Las leyendas de pueblos vecinos más romanizados, como las del Alto Aragón, Cataluña, La Rioja, Cantabria o Asturias, muestran una sorprendente similitud, especialmente en el área pirenaica, siendo este uno de los indicios que apuntan a una mayor extensión del pueblo que lanza o apila grandes montañas de rocas (como los «gentiles»), evita tormentas, cura enfermedades o adivina el futuro (como los brujos), tal y como recogen en sus obras Julio Caro Baroja y, especialmente, Ramon Violant i Simorra en su obra de 1946, El Pirineo Español.

Mari, la divinidad femenina

Esta religión precristiana, aparentemente, estaba centrada en un genio o divinidad central de carácter femenino: Mari. Su consorte Maju o Sugar parece que pudo tener también cierta importancia. Se decía que cuando se reunían en las cuevas de las cumbres sagradas (según Toti Martínez de Lezea para fornicar), engendraban tormentas. Estas reuniones las celebraban los viernes por la noche, el día de los aquelarres. Los «Zezengorri» o «Behigorri» (Betizu), toros salvajes autóctonos de la zona, eran los encargados de proteger la entrada a las grutas donde habitaba la diosa y en las que además de haber mobiliario de oro corrían ríos de leche y miel.

De las diversas moradas que se le atribuyen destaca la del monte Anboto del que periódicamente partía cruzando los cielos como una luz brillante para ir a su otra morada en el monte Txindoki. Según una de las tradiciones, cada siete días La Dama de Amboto (Anbotoko Mari) viajaba desde su cueva en el monte Anboto a otra en otro monte (según cada historia, este cambia); el tiempo era húmedo cuando estaba en el monte Anboto, y seco cuando estaba en Aloña, o las cosechas son abundantes cuando está en la cueva de Supelegor (en Orozco).

La multiplicidad de Mari-s en el territorio no parece que supusiera un problema para quienes creían en ella, al igual que sucedió con las advocaciones a la Virgen María de las que en Euskal Herria, se decía que eran siete hermanas.

Mari aglutina en su ser otras entidades femeninas que involuntariamente con el paso del tiempo se han ido ocultando tras este nombre. Un rápido vistazo a la lista de localizaciones y formas de aparición de la misma denota la presencia de otras Maris.

Mari viene a significar madre, contracción de Amari (a la madre) según unos, contracción de María (madre de Dios) según otros. Cabe también que provenga de Matri dea o Cibeles, paralelismos y aras votivas no faltan para apoyar este argumento.

Además de las míticas también contamos con una Mari histórica, Mari Urraca, una princesa navarra de los siglos XI y XII a la que se le atribuye un hermano sacerdote y que otros tienen por esposa de Diego López de Haro, con lo que pasa de ser un personaje histórico a ser la legendaria Dama de Anboto.

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Urtzi, el Jovis vascón

Otra supuesta divinidad celeste era Urtzi (u Ost, Ortzi: se interpreta como cielo), asimilable al Júpiter latino o al Thor nórdico. La ausencia de referencias explícitas al mismo en la mitología vasca sorprende; sin embargo, que su nombre aparezca en los días de la semana, en el nombre de los meses y en fenómenos meteorológicos asociados a las tormentas, lo que nos pone sobre la pista de su relevancia al menos durante la época en la que se adoptó y normalizó el uso de la septimána en Euskal herria.

En la Edad Media, Aymeric Picaud, un peregrino francés, escribió sobre los vascos, diciendo: et Deum vocant Urcia («y llaman Urci-a a su dios»; la -a es el absolutivo vasco, o un artículo de sufijo).

A la antigua religión vasca se la considera de carácter ctónico, teniendo todos sus personajes su morada en la Tierra y no en el firmamento, que aparece como un pasaje por el que Mari o Maju viajan de montaña en montaña o pastorean rebaños de nubes. Sin embargo, el cielo se percibe como algo mágico en esta mitología y todo lo que se acerca a él como montañas o incluso árboles es, en cierta medida, sagrado.

Genios o entidades mitológicas

Las leyendas también hablan de muchos genios, como:

Lamiak, equiparables a las sirenas, ninfas y hadas de otras culturas; es resaltable que algunos toponímicos recogen este nombre, como Lamiako;

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Mairuak, constructores de los crómlechs o círculos de piedras, que literalmente quiere decir Moros; en este aspecto hay que apuntar que en muchas partes de España se denomina genéricamente Moro a los seres mágicos, como por ejemplo a las encantarías o hadas pirenaicas aragonesas también se les denomina moras o moricas;

Iratxoak, similares a los duendes de otras culturas.

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Sorginak, (leído en castellano sorguiñak, plural de sorgin) seguidoras de los preceptos de Mari, demonizadas bajo el prisma de la iglesia católica que tradujo el término como «brujas». Según la creencia popular esta denominación encierra en sí mismo a un ser o seres mágicos que tienen la capacidad de ocultar su condición en forma de mujeres normales (durante el día) y que pueden actuar mediante actos mágicos en el curso natural de las cosas una vez adoptan su condición real (mayormente al amparo de la noche) . La etimología del nombre es algo discutido y discutible, si bien la traducción más aceptada popularmente procede de la unión de las palabras «sortu» y «egin», que significan crear y hacer respectivamente. Otro nombre con el que se refiere a estos seres parece dar alas a las ideas revisionistas y empoderadas que creen que las sorguiñas eran simples curanderas o adivinas;

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Belagile, que vendría a significar boticaria en la medida que la palabra parece estar formada de las palabras belar y egile, hierba y hacedor/a respectivamente.

Basajaun Literalmente Señor del Bosque, resultado de la unión de las palabras Baso y Jauna, bosque y señor respectivamente, cosa en la que todos los estudiosos coinciden. Bajo esta denominación parecen aglutinarse diversos seres o personajes a través de la historia e incluso hoy en día existe la creencía (bastante extendida) de que representa la prueba del contacto de los hombres de cromagnon y los neandertales en tiempos prehistóricos, eso sin mencionar a los criptozoólogos que lo han llegado a llamar Yeti vasco y todavía confían en encontrarlo. Como ser singular

Basajaun es el señor de la naturaleza, equiparado al romano Silvano de quien parece coger prestado el nombre y algunas de sus funciones. La creencia en este ser o seres se encuentra diseminada por los territorios colindantes al Pirineo. En la parte aragonesa se conoce en algunos lugares como basajarau, y en la parte catalana también se recogen mitos similares bajo la denominación de simiots, como recoge Violant i Simorra. En algunas leyendas un héroe culturizador se acerca a un grupo de Basajaun-s a los que logra sustraer diversos secretos: el del cultivo del trigo, el de cómo confeccionar molinos de aliso, la forma de crear la sierra y cómo soldar el hierro; avances más propios de culturas indoeuropeas que de un presunto genio o genios de la naturaleza prehistóricos.

Martin Txiki («Martín el Pequeño») o Mattin es uno de los personajes legendarios que bajo otros nombres y en diferentes épocas han representado a los seres humanos. Es el héroe culturizador que vence en el enfrentamiento, poniendo en valor la inteligencia para resolver y superar problemas aparentemente irresolubles.

Mamarro, son los duendecillos del hogar, que también se conocen en otras partes del Pirineo como «enemiguillos», o en la parte aragonesa de la cordillera como «nemos», que pueden ser benéficos o traviesos, pero también se da algún caso en el que un humano (frecuentemente un cura) los ha domesticado temporalmente.

Gizotso, del que apenas tenemos noticia a diferencia de otros pueblos, es el nombre dado en vasco al hombre lobo

Akerbeltz, macho cabrío negro, famoso a raíz de las declaraciones arrancadas a las «brujas» por los inquisidores, al que sentaron a presidir los aquelarres. Si tuvo un lugar en el panteón de creencias de la primitiva religión vasca no parece que fuese el de representar a Satanás, Belcebú o cualquier otro ángel caído que pudiera invocar algún temeroso católico.

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Otros personajes de la mitología vasca son Gaueko, Tartalo, los galtzagorris, el dragón primigenio o Herensuge, etc.

Jentilak

Los jentilak, gentiles o paganos, son unos personajes de la mitología vasca dotados de fuerza sobrehumana.​ Lanzaban grandes peñascos hasta lugares lejanos y son los constructores de la multitud de cromlechs y dólmenes.

Los gentiles parecen representar al propio pueblo vasco pre-cristiano, montañés por excelencia.

Una leyenda narra el final de los jentiles, acontecido cuando estos divisaron una extraña luz en el cielo. No sabían qué podría significar y fueron a buscar al más anciano y sabio entre ellos. Cuando los cansados ojos de este consiguieron divisar el fenómeno dijo: «Esa luz anuncia la llegada de Kixmi (Cristo), es el fin de nuestra raza.» Y dicho esto, todos los jentiles corrieron a una cima a esconderse bajo tierra.

Otra versión narra que uno de ellos se salvó convirtiéndose al cristianismo: este es el Olentzero que trae regalos a los niños vascos por Navidad.